El Gigante de Atacama, un viaje al pasado

Esta intrigante y hermosa figura de 119 de metros de largo trazada en el cerro Unita, en el desierto de Atacama, fue durante años un misterio que además de hablarnos del arte, nos permite reflexionar sobre nosotros y el pasado. Es el geoglifo antropomórfico más grande del mundo.

Ubicado a 15km del pueblo de Huara, se cree que habría sido dibujado por tribus de la zona entre los 900 a 1.450 años d.C., aunque aún no existe certeza sobre su origen ni la cultura que le dio vida. La tesis más concertada es que representa a un chamán o “yatiri” o bien a la deidad andina Tunupa-Tarapacá, quien viajó desde el Titicaca hasta el océano pacífico.

Antiguas transcripciones de las leyenda contadas por fundadores de la cultura Inca, como Manco Cápac, describen la idea de la aparación de Tunupa-Tarapacá “El qual no trayera interés ninguno, ni trayera hatos, el qual dicen que todas las lenguas hablaba mejor que los naturales y le nombraban Tonapa o Tarapacá” (…) Este barón llamado Thonapa dizen que andubo por todas aquellas provincias de los Collasuyos predicándoles sin descansar”.
Pachacuti 1993 [1613].
La grandiosa demostración de arte e identidad que significan el Gigante de Atacama y los otros glifos que lo rodean, son una expresión de cómo, desde el principio de los tiempos, como asentamientos e individuos, hemos buscado dejar nuestra huella. Ya sea en los más inhóspitos parajes, como el desierto de Atacama o en las galerías de arte en Nueva York.

El tratar de entender quiénes y porqué pusieron ahí al gigante, es un ejercicio de conmemoración y entendimiento propio, , que constantemente nos acerca a nuestras culturas, motivaciones y propósitos.

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